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Columna

Cloro gaseoso vs. mis senos paranasales: una batalla de sudor, lágrimas y mocos

En una pequeña granja vertical experimental tuve un episodio que me dejó algo reacio al olor del cloro.

La ocasión de una gran limpieza

Hay más gente de la que uno piensa a la que le gusta el olor a piscina. Ese recuerdo del verano, bajo el sol a plomo, dando saltitos sobre el asfalto ardiente con ganas de meterse ya al agua.

A mí, en realidad, también me gustaba ese olor. Más exactamente, el olor del cloro.

El hecho de que lo escriba en pasado —«me gustaba»— ya da una pista de por dónde van los tiros.

Fue en la época en que trabajaba en una pequeña granja vertical experimental. En ese centro siempre se estaba cultivando alguna hortaliza, y era rarísimo que todos los cultivos llegaran a la cosecha al mismo tiempo. Era, por así decirlo, un lugar siempre lleno, con todas las camas ocupadas.

Hasta que un día coincidió la cosecha de absolutamente todo. Por muy experimental que fuera, seguía siendo un entorno donde crecían seres vivos. La suciedad acumulada y las bacterias había que eliminarlas a conciencia antes del siguiente experimento. No quedaba otra que una gran limpieza.

Al asomarme al tanque de solución nutritiva, estaba más sucio de lo que imaginaba. Mientras la solución nutritiva circulaba, habían ido entrando fragmentos finísimos de raíces y algo parecido a algas, que se habían ido acumulando. Me entraron ganas de hacerlo a fondo.

El 10% que quedó

La fase final de la limpieza era la desinfección y esterilización.

Ahí fue donde usé el «hipoclorito sódico». Es primo de los blanqueantes clorados de toda la vida, el mismo que se usa para desinfectar piscinas y responsable de ese olor tan característico.

Lo ideal con el hipoclorito sódico es vaciar por completo la solución nutritiva del tanque antes de echarlo. El problema es que la instalación que estaba limpiando tenía un defecto de diseño: aunque ejecutaras la operación de vaciado, un 10% aproximado de la solución nutritiva se quedaba dentro del tanque.

Aunque se vaciara, quedaba bastante.

Lo correcto habría sido llenar el tanque de solución nutritiva con agua y vaciarlo varias veces, repitiendo ese lavado. Pero al día siguiente empezaba el próximo experimento, y yo tenía encima la presión del tiempo.

Fue entonces cuando me pasó por la cabeza: «ya no hay nada que hacer».

Mirándolo ahora, ese era el momento de parar. Cuando en el terreno te asoma esa frase, suele ser la señal de que estás a punto de tragarte algo a lo bruto.

Se me metió en los ojos y la nariz

Añadí el hipoclorito sódico y encendí la bomba recirculante. El líquido empezó a moverse por la instalación.

Al principio no había ningún problema. Más bien pensaba: «huele a piscina, qué nostalgia». Aún tenía margen. Y cuando uno tiene margen, suele tener el juicio relajado.

Al cabo de unos diez minutos, noté una ligera molestia en los ojos.

Cinco minutos más tarde, me empezó a caer el moco.

A partir de ahí, el aire cambió claramente. Cada vez que inspiraba, me escocía el fondo de la nariz y en los ojos me quedaba como una película fina de irritación. El ruido de la bomba se oía extrañamente fuerte y los demás sonidos del taller se alejaban un poco.

Lo que estaba ocurriendo ahí era una reacción química muy simple.

Solución nutritiva residual (ácida) + hipoclorito sódico (alcalino) = desprendimiento de cloro gaseoso.

Lo había estudiado en las clases de ciencias del colegio, y se me había olvidado por completo.

Si la solución nutritiva se hubiera vaciado por completo y se hubiera usado la cantidad indicada, en condiciones normales no habría habido ningún problema. Pero esta vez quedaba solución nutritiva. A la acidez fuerte de esa solución se sumó, probablemente, que yo me pasé con la dosis de hipoclorito sódico. En otras palabras, había reunido yo mismo, dentro de la granja vertical, las condiciones de libro para generar cloro gaseoso.

Tenía ganas de parar a medias. Pero al día siguiente arrancaba el próximo experimento. Dejar la limpieza a medias no era una opción.

Abrí las puertas de par en par, y aun así la irritación del cloro gaseoso no desaparecía. Los ojos, rojos como tomates; la mascarilla, empapada de mocos y lágrimas. Cada respiración me escocía en la cavidad nasal y el pensamiento se me iba rompiendo en trozos: la siguiente tarea, la ventilación, el experimento de mañana, el moco, me duelen los ojos, no, primero enjuago esto.

Los únicos sacrificados fueron mis senos paranasales

Lo que agravó aún más la situación fue que yo sufría de sinusitis crónica.

¿Qué pasa cuando el cloro gaseoso entra en la cavidad nasal de alguien con sinusitis, con una estructura interna complicada y llena de recovecos? Médicamente quizá sea un caso interesante, pero en ese momento, como protagonista, no tenía margen alguno para encontrármelo interesante.

Después de este episodio, mi nariz estuvo completamente fuera de servicio unas dos semanas. Al levantarme, tenía la boca tan seca que se notaba enseguida que había respirado por la boca toda la noche. Fue entonces cuando me di cuenta, en carne propia, de lo agradecida que era la simple función de poder respirar por la nariz.

Al final, la limpieza se completó, y el experimento del día siguiente arrancó según lo previsto. Como instalación experimental, no hubo contratiempos. Los únicos sacrificados fueron mis senos paranasales.

Lo que aprendí de esta experiencia está claro.

  1. No hay que echar hipoclorito sódico directamente sobre la solución nutritiva.
  2. Siempre hay que vaciar por completo la solución nutritiva antes de desinfectar.
  3. «Bueno, no queda otra» es una señal de alarma.
  4. Las reacciones químicas no se emocionan: dan el resultado que tocan.

Especialmente el tercer punto. Cuando te pasa por la cabeza un «ya no hay nada que hacer» y lo usas para seguir adelante, hay que entenderlo como una alarma que dice «esto no conviene hacerlo, bajo ningún concepto».

Todavía hoy, cuando paso cerca de una piscina, acelero el paso sin darme cuenta. Y mientras escribo esto, el recuerdo de aquella sensación de quemazón en el fondo de la nariz vuelve con bastante facilidad.

A quienes trabajan en granjas verticales: la limpieza importa. Pero no intentéis forzar las leyes de la química con un «es que no tengo tiempo». La salud de los senos paranasales es una de esas cosas cuyo valor se entiende solo cuando ya la has perdido.

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