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Columna

El fax: un medio de comunicación que sigue muy vivo en el sector agrícola

Cada vez que pienso en la digitalización del sector agrícola, todavía me viene a la cabeza un fax en particular.

Una hoja de pedido ilegible

Da la impresión de que la digitalización en el sector agrícola sigue avanzando despacio en comparación con otras industrias. Como aquí se trabaja con la naturaleza, la calidad y las especificaciones de los productos varían con facilidad, y no siempre es sencillo convertir todo en cifras y datos. Eso es cierto.

Pero esa no es la única razón.

En el lugar donde yo trabajaba, todos los días, sobre las seis de la tarde, un cliente habitual nos enviaba por fax el pedido para el día siguiente. Recibíamos ese fax y, mirando las cantidades, avanzábamos con la preparación del envío. Era parte de la rutina. El problema es que muchas veces ese fax no se podía leer.

Justo los números importantes aparecían aplastados en negro.

¿Son 3 bolsas de komatsuna? ¿8? No, también podría ser 5. Aunque entornara los ojos o alejara un poco el papel, el número no se volvía más claro por arte de magia. Ahí me quedaba, con la hoja del fax en la mano, sintiendo que el tiempo se detenía unos segundos. Quería avanzar con la preparación del envío. Pero no sabía la cantidad. Y aquí no podía confiar en la intuición.

No quedaba otra que llamar para confirmar.

«Disculpe, no se distingue la cantidad en el fax. ¿Cuántas bolsas de komatsuna eran?»

Si atendían enseguida, todavía había suerte. Cuanto más se demoraba la confirmación, más se retrasaba también la preparación del envío del día siguiente. Cuando escuchaba el mensaje de «la persona a la que llama no puede atenderle en este momento», apretaba un poco más el auricular. A lo lejos solo se oía el pequeño ruido de la máquina de fax, y yo pensaba, con una calma extraña: así es la digitalización en el terreno.

El fax y la copa de la tarde

Lo que complicaba aún más la situación era la hora: alrededor de las seis de la tarde. A veces el cliente ya había terminado la jornada y estaba en casa empezando a beber algo. Yo necesitaba saber la cantidad del envío. Del otro lado, la persona ya había cerrado el día y probablemente estaba bastante a gusto.

Entonces me decían por teléfono: «¿Que no se ve el fax? Pero si lo mandé bien. La komatsuna eran… 5 bolsas». Y en medio de eso se oía el tintineo del hielo en el vaso. Yo iba completamente en serio, pero la escena tenía tanta vida cotidiana que a veces hasta me hacía sonreír.

Más de una vez propuse: «¿Y si lo hacemos por correo electrónico?». Pero la respuesta casi siempre era la misma.

«El fax es lo más cómodo.»

En Japón el fax sigue utilizándose de verdad, así que este tipo de problemas ocurren con total normalidad. No es algo que se resuelva simplemente metiendo un sistema nuevo. Detrás de eso hay una forma de trabajar a la que cada persona está acostumbrada, que le resulta segura y que no siente como una carga. En aquel momento sentí de manera muy concreta la «barrera de los hábitos» que se planta delante de la digitalización.

Hay momentos en los que el papel es más rápido

Entonces, ¿conviene convertir todos los registros del terreno en datos? En términos generales, sí: para muchos registros, trabajar con datos es más práctico.

Sobre todo los datos de cultivo y los datos de producción tienen valor porque luego se pueden analizar. Por ejemplo, uno puede pensar que quizá exista una correlación entre los datos ambientales de una determinada etapa del cultivo y los datos de rendimiento de cultivo. Cuando surge esa pregunta, si solo tienes registros en papel, primero tienes que volver a introducir todo como datos para poder analizarlo. Quien haya pasado por eso sabe bien lo agotador que es, aunque parezca una tarea discreta.

También en certificaciones como GGAP resulta muy útil poder sacar enseguida los registros necesarios en formato digital. Se reduce el tiempo de búsqueda y, para quien gestiona todo eso, también da tranquilidad.

Pero eso no significa que haya que digitalizarlo absolutamente todo.

Hay casos en los que una hoja en papel sigue siendo más rápida, como las listas de verificación de limpieza o de inspección diaria. Si alguien termina de limpiar el baño y solo tiene que marcar un círculo en el papel, eso es más rápido que abrir una aplicación, iniciar sesión, buscar el apartado correspondiente y marcarlo ahí. Y si además tiene las manos mojadas o lleva guantes, con más razón.

En una granja vertical trabaja gente de edades muy distintas. Si usted es joven, quizá piense: «¿No es un fastidio seguir registrándolo todo en papel?». Pero también es cierto que, para quien no se lleva bien con los dispositivos digitales, el papel da más tranquilidad.

Dicho eso, tampoco conviene sacar conclusiones demasiado rápido. Hoy en día incluso la generación de los abuelos se manda pegatinas por las aplicaciones de mensajería. Hay personas que al principio dicen: «Yo no sé usar esta aplicación», pero cuando uno se sienta con ellas y repasa cómo funciona, se acostumbran antes de lo que uno imagina.

Una digitalización en su justa medida

Al final, lo realista es ajustar el uso del papel y de los datos a la situación concreta del terreno. Digitalizarlo todo no es automáticamente la respuesta correcta. En muchos casos, lo que mejor encaja es una operación híbrida que aproveche lo bueno del papel y lo bueno de los datos.

No creo que un cliente que se aferra al fax, ni un compañero veterano que se siente más tranquilo con los registros en papel, estén «atrasados». Lo que debe hacer quien gestiona o impulsa la implantación es escuchar la voz del terreno y promover el cambio paso a paso.

Mientras escribo esto, todavía recuerdo aquellos números del fax, negros y aplastados. ¿Era un 3, un 8 o un 5? En un solo número tan pequeño se concentraban la preparación del envío, la copa de la tarde del cliente y toda la dificultad de digitalizar el sector agrícola.

En su terreno, ¿qué pequeña mejora digital cree que podría empezar a probar desde mañana?

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