Columna
Lo que sentí cuando entré en el sector de las granjas verticales
Cuando me metí en el sector de las granjas verticales desde una empresa de valores, lo primero que sentí fue la distancia entre esa sensación de “futuro” y lo duro del trabajo real en planta.
Todo empezó con un eslogan
Después de graduarme de la universidad, entré en una empresa de valores para curtirme en un entorno de ventas duro, muy exigente y disciplinado, y desarrollar capacidad comercial. La razón era simple: “quiero aprender a vender”. Ni más ni menos.
Eso sí, ya había decidido que me iría al cabo de tres años, así que siempre estaba mirando cuál podía ser mi siguiente trabajo. Viéndolo ahora, yo era un recién llegado bastante inquieto.
Y un día me encontré con un eslogan como este.
“¡La granja vertical, una agricultura de vanguardia con grandes expectativas! ¡Un negocio innovador que tiene la llave de una sociedad basada en la circulación de recursos!”
Si trabajas en una empresa de valores, estás rodeado todos los días de palabras bonitas que despiertan ganas de invertir. Y aun así, yo me dejé arrastrar por esa promesa con total facilidad.
“Esto es. Mi siguiente industria es esta”.
Mandé la solicitud por impulso a una empresa de granjas verticales. Y cuando entré por primera vez en la planta durante la entrevista, en el instante en que se abrió la puerta, lo que veía delante de mí cambió por completo.
Lechuga por arriba, por abajo, a izquierda y derecha, hasta donde alcanzaba la vista. Incontables hojas jóvenes iluminadas por las luces. Era una escena bastante irreal, como esas instalaciones de cultivo humano de la película “Matrix”.
En ese momento sentí que el tiempo se detenía unos segundos. La luz blanca era muy intensa y hasta la explicación del entrevistador me llegaba como desde lejos. En mi cabeza, sin saber por qué, sonaba el tema de “2001: Una odisea del espacio”. El que estaba exagerando la escena era yo.
Y así fue como decidí entrar, convencido de que ya me estaba convirtiendo en parte de “la agricultura del futuro”.
Lo que vi el tercer día
En mi tercer día en la empresa, mientras estaba en formación, vi una escena que se me quedó grabada.
Un grupo de mujeres mayores transportaba a toda velocidad cestas llenas de lechuga. Más adelante, otra mujer les gritaba: “¡Tráiganlas rápido!”. Con el sudor asomando en la frente, las cestas con lechuga iban y venían una tras otra.
No se parecía mucho a aquella escena futurista que había visto en la entrevista.
Vanguardia. Sociedad de circulación de recursos. Negocio innovador. Pero, un momento, ¿lo que está pasando delante de mí no depende muchísimo de la fuerza humana? Esas palabras se me fueron cruzando por la cabeza, cortadas, una detrás de otra.
Por supuesto, en la granja vertical sí existen sistemas de vanguardia. Sistema automático de control de solución nutritiva, sistema de control climático integrado, máquina automática de trasplante. Todos son equipos importantes que sostienen una granja vertical.
Pero no basta con tenerlos allí instalados para que den resultados por sí solos. El personal de planta tiene que mirar la situación, manejarlos de forma adecuada y, si hace falta, cambiar de criterio. Solo entonces empiezan a funcionar de verdad.
Antes de entrar, yo imaginaba un mundo en el que los sistemas lo gestionaban todo de forma limpia y ordenada. En realidad, quienes hacían funcionar esos sistemas eran personas que sudaban, cargaban cestas, miraban el estado de las hojas y hablaban entre sí.
Las personas protegen las plantas
Hubo una frase de un empleado veterano que me hizo sentir eso con mucha claridad.
“Aunque el sistema se caiga, si estamos nosotros, las plantas no mueren”.
Me contaron que una madrugada recibió una alerta por una anomalía del sistema y salió corriendo a la planta en pijama. Operó el equipo manualmente, mantuvo las condiciones ambientales de cultivo y salvó varios miles de lechugas que iban a salir en el siguiente envío.
Incluso ahora, mientras escribo esto, sigo recordando lo que sentí cuando escuché esa historia. Se suponía que estábamos hablando de equipos de última generación, y sin embargo quien al final protegió las plantas fue una persona que se levantó en mitad de la noche y salió corriendo en pijama. Me pareció extrañamente convincente.
Pensé que el verdadero protagonista de la granja vertical no eran solo los sistemas de vanguardia. Eran las personas.
Yo no vengo ni de agronomía ni de ingeniería. Nunca estudié fisiología vegetal ni ingeniería eléctrica. En ese sentido, era un principiante.
Y aun así, si tengo que decir por qué he logrado seguir en esta industria durante más de diez años, diría que fue por “la actitud de probar primero” y “la fuerza para no venirme abajo aunque falle”. Suena bastante a discurso de aguante, pero en planta esto no se puede despreciar tan fácilmente.
Lo peligroso en los problemas de una granja vertical es decidir “como no lo entiendo, no hago nada”. Mientras pospones la decisión, las plantas no esperan. No temer al error y seguir probando. Esa es la actitud que se le exige a quien trabaja en una granja vertical.
Alta tecnología y criterio de planta
Han pasado más de diez años desde que entré, y la industria ha madurado bastante. La automatización y la eficiencia de los sistemas han mejorado muchísimo, y las emergencias causadas por fallos del sistema, como las que veía y escuchaba cuando empecé, han ido disminuyendo.
Aun así, incluso hoy, las personas más valoradas son las que pueden responder con flexibilidad, allí mismo en planta, ante una avería del equipo o un problema de cultivo.
Al lado de estanterías con sensores IoT de última generación, hay operarios revisando a mano el estado de las hojas. En salas donde la IA controla las condiciones ambientales, hay empleados veteranos observando las hojas y las plantas y pensando, por intuición, “algo no va bien con estas plantas”.
Ese equilibrio entre alta tecnología y trabajo analógico es precisamente el atractivo de la granja vertical, y también su dificultad.
Yo entré en esta industria atraído por la idea de “la agricultura del futuro”, pero al final resultó ser un lugar donde se pone a prueba la fuerza de la persona, es decir, la capacidad de comunicarse y la calidad humana.
Pero eso no es algo malo. Cuanto más avanza la tecnología, más importante se vuelve la fuerza de las personas que saben usar esa tecnología en planta.
Esa es la lección más grande que me han dejado estos más de diez años de vida en la granja vertical.